Crononutrición: la hora a la que comes también influye
A no ser que vivas aislado habrás escuchado la palabra crononutrición en los últimos tiempos


Una de las leyes más importantes de nuestras células es que están regidas por patrones de veinticuatro horas. Patrones que, y que Edison me perdone, se han corrompido desde la invención de la bombilla, la mayor enemiga a nuestra cronobiología.
El reloj celular es el más preciso conocido. Todas nuestras células tienen genes llamados genes reloj que marcan lo que conocemos como ritmos circadianos, y para que den la hora de forma correcta deben sincronizarse con el ambiente, especialmente con la luz y la oscuridad.
Sin embargo, vivimos en una continua disrupción de estos relojes. No seguimos las normas de la naturaleza sino que modificamos nuestro ambiente y esto, aunque en cierta manera es necesario para mantener un orden, también es una de las grandes causas de enfermedades de nuestra era.
El gran sincronizador de nuestro reloj central es el Sol. A través de receptores en nuestros ojos y nuestra piel, la información no solo de presencia o ausencia sino de intensidad de la luz del sol llega a nuestro centro de control, la hipófisis, y sincroniza nuestro reloj interno. Así, nuestro cuerpo distingue entre día y noche.
Poner en hora nuestro reloj interno también pasa por recibir la luz del sol sin fotoprotección.
No solo la presencia sino la ausencia de luz también es un marcador importante para nuestro reloj interno. La oscuridad permite el aumento de la hormona melatonina, que induce el sueño y es un gran antioxidante de nuestro cuerpo.
Hoy sabemos que la exposición nocturna a luz azul de nuestros dispositivos destruye nuestra melatonina aumentando el riesgo a padecer enfermedades como la obesidad o el cáncer.
Y te preguntarás, ¿Qué tiene que ver esto de la cronobiología con mi peso corporal? Lo suficiente como para que exista una rama llamada crononutrición.
¿Qué es y para qué sirve la crononutrición?
Todo nuestro cuerpo funciona alrededor de estos ritmos circadianos, también las enzimas digestivas y las hormonas.
Por ejemplo, nuestra glucemia (el azúcar en sangre) cambia a lo largo del día y la insulina, la llave encargada de introducirla en nuestras células, comienza a decaer alrededor de las siete de la tarde.
En contrapartida, el cortisol, nuestra hormona encargada de activarnos, tiene su máximo pico por la mañana, justo cuando desaparece la melatonina, marcando el pistoletazo de salida a nuestra actividad y apetito. Así, niveles altos de glucosa, insulina y cortisol por la noche serán causa de enfermedad.