Con la llegada del frío, nuestro cuerpo atraviesa una serie de adaptaciones fisiológicas y emocionales que influyen directamente en la alimentación. Además de una mayor necesidad de energía, también hay deseo de confort, calor y bienestar general.
Entender las señales del cuerpo desde una mirada amable y consciente nos permite ajustar la dieta de invierno sin caer en excesos ni restricciones innecesarias.
Adaptar la alimentación a esta época no significa comer “más” sin criterio, sino comer mejor, priorizando alimentos de temporada, elaboraciones reconfortantes y una combinación adecuada de nutrientes que acompañen al organismo en sus necesidades.
¿Cómo mantenernos saludables durante el invierno?
En invierno, el cuerpo invierte más energía en mantener su temperatura y hay una mayor demanda calórica. La clave está en no cubrir esta necesidad con alimentos ultraprocesados, sino con una alimentación equilibrada y nutritiva que apoye nuestro metabolismo y bienestar.
Priorizar comidas calientes como guisos, caldos, sopas o cremas de verduras favorece la digestión y aporta sensación de confort. Además, este tipo de preparaciones permiten integrar fácilmente alimentos ricos en proteínas, hidratos de carbono complejos y grasas de calidad.
La “dieta” de invierno se beneficia especialmente de alimentos de temporada, ricos en micronutrientes y con preparaciones que respeten su valor nutricional. Verduras y hortalizas como la calabaza, las coles (brócoli, repollo, coliflor, …), verduras de hoja verde (nabizas, grelos, espinacas, …), zanahoria o puerro aportan densidad nutricional, sabor, color y versatilidad a los platos de invierno.
Las proteínas son especialmente importantes durante la temporada de frío, ya que contribuyen al mantenimiento de la masa muscular, a mantener la energía y la saciedad a lo largo del día. Aquí entrarían alimentos como: legumbres y derivados, huevos, pescados blancos y azules, carnes blancas, mariscos, lácteos, frutos secos, semillas…
Los hidratos de carbono complejos como patata, boniato, legumbres, arroz y pasta integrales, quinoa o avena, ayudan a mantener niveles de energía estables. Consumidos en cantidades ajustadas a cada persona, forman parte de una alimentación equilibrada durante la temporada de frío.
Las grasas saludables, presentes en el aceite de oliva virgen extra, el pescado azul, los frutos secos o las semillas, aportan densidad energética y participan en múltiples funciones del organismo. Integrarlas de forma regular contribuye al bienestar general sin necesidad de excesos.
Un hábito que para muchas personas es costoso durante el invierno es el de cuidar la hidratación. Aunque la sensación de sed disminuye, es importante beber suficiente agua a diario pudiendo obtenerla de: infusiones, caldos, consomés, agua mineral del tiempo, etc.
Determinados micronutrientes tienen un papel relevante en invierno. Por ejemplo, la vitamina D que contribuye al funcionamiento normal del sistema inmunitario (entre otras funciones), puede estar en niveles deficitarios debido a la climatología y los hábitos de vida, y puede encontrarse en alimentos como pescados grasos, lácteos, setas o huevos, además de suplementos formulados específicamente para ello.
Desde Naturitas, es posible encontrar complementos alimenticios como la Vitamina D3 + K2 que pueden formar parte de un enfoque nutricional individualizado, siempre como complemento a unos hábitos cuidados.
También, fórmulas que incluyen minerales como el zinc y el selenio, que contribuye al funcionamiento normal del sistema inmunitario, pueden ser una opción a valorar en determinados momentos del año, siempre atendiendo a las necesidades personales.
Es importante recordar que los suplementos alimenticios no sustituyen una dieta equilibrada, sino que se integran como apoyo dentro de un estilo de vida saludable, adaptado a cada etapa y contexto.
La clave de la alimentación en invierno no está en seguir normas rígidas, sino en escuchar al cuerpo, respetar sus señales de hambre y saciedad y elegir alimentos que nutran y reconforten. Comer con atención, sin prisas y desde el disfrute también forma parte del bienestar.
Una dieta sostenible en el tiempo es aquella que se adapta a las estaciones, a la energía disponible y a las necesidades reales de cada persona, sin generar culpa ni exigencia excesiva.
Adaptar la dieta a la temporada de frío implica comprender que el cuerpo cambia y que sus demandas no son las mismas durante todo el año. Ajustar calorías, elegir alimentos de temporada y priorizar preparaciones calientes y nutritivas permite sostener la energía y el bienestar de manera adecuada.
Dormir menos horas o alterar los horarios pueden influir en la percepción del hambre y en la elección de alimentos, por lo que mantener rutinas estables y respetar el descanso, serán de gran ayuda de cara a sostener nuestro bienestar.
Desde una mirada integral y consciente, la dieta de invierno puede convertirse en una oportunidad para cuidarse con más calma, presencia y coherencia, acompañando a la alimentación de un estilo de vida activo adaptado a la estación con descanso adecuado. También podremos favorecer una mejor gestión de la energía y del estado de ánimo durante los meses fríos.
Cuidarse en invierno no va de hacerlo perfecto, sino de hacerlo posible, amable y sostenible.

